domingo, 23 de diciembre de 2012

Emery marca el camino a Llorente

Arrieros son y el camino los reencuentra. Llorente comprobó el viernes que pañuelos y resultados no cabalgan juntos en Mestalla. La agria constatación le arrancó en el palco una sonrisa de hastío muy familiar en Valencia. Es la misma que adornaba el rostro de Emery en sus últimas horas como blanquinegro. El destino se pone vacilón con dos personajes antitéticos.

El presidente, como entonces el entrenador, llega al ocaso con una hoja de servicios de intachable apariencia. Si Emery consolidó al equipo en esa tercera plaza liguera que hoy firmaríamos con sangre, Llorente ha recortado en 180 millones la deuda heredada. El primero hizo lo necesario, pero no fue suficiente. Parece que la historia se repite con el segundo.

Aquel desgaste convertido en soga del entrenador es el mismo verdugo que ahora pide cita con el gaznate del dirigente. Y si Llorente no entiende por qué se llega a esta situación, o duda de su justicia, no tiene más que hurgar en las razones que le inspiraron a él mismo para abordar el relevo en el banquillo. Una ejecución da sentido a la otra. Con el ambiente viciado, toca abrir las ventanas.

El presidente cimentó su intachable labor en una política de austeridad que aplicó con la frialdad de un banquero. Nada reprochable ni tampoco sorprendente, ya que su elección no fue casual. Pero el día en que se agotó la materia prima vendible quedó en manos de los milagros. Y no es buena época para prodigios.

Sin embargo, al final 'fútbol es fútbol' y la revolución nace del césped. La obsesión por tenerlo todo controlado llevó a Llorente a encomendarse a técnicos de perfil bajo. Huyendo del incómodo Fernando se arrojó en brazos de Braulio, un honesto pero sumiso profesional que jamás se quejaría de la falta de recursos o le discutiría una decisión. Por descabellada que ésta fuera. Como la de entregar el banquillo a un neófito. Consumado el fracaso deportivo y sin más portentos económicos en el horizonte, no hay ya sostén para el runrún. El "Unai vete ya" ha cambiado de sujeto. Así de injusto. Así de justo.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Llorente se lo piensa

Por primera vez introduce el condicional cuando piensa en su futuro. Llorente seguirá si encuentra respaldo interno; si conserva la afinidad con los políticos... Si Dios quiere. Con año y medio de contrato y la mitad del trabajo aún pendiente, el gestor se enfrenta a un clima enrarecido, sólo respirable mientras Valverde insufle oxígeno. Pese a su impopularidad congénita, nunca antes estuvo tan cuestionado, en manos del gol ajeno o de pancartas activadas por mando a distancia. Tampoco conocía estos deseos de levantarse y pedir la cuenta.

Para que el 'proyecto Bankia' fuera viable hacía falta que el balón rellenara los agujeros que deja la tijera. La cosa funcionó durante tres años, hasta que el frío dirigente que vivía alejado del fútbol cayó en la tentación mundana. Se inventó un entrenador y le regaló el banquillo, al amparo de un consejo aborregado y un frágil director deportivo. Cuatro meses después, nada queda ya de aquel arrebato de fe. A Soler podíamos imaginarle estas licencias, que para eso era frívolo y además exponía su patrimonio, pero cómo pensarlo de Llorente. La chapuza de Pellegrino justificaría una dimisión. Al margen de las consecuencias deportivas, aún insondables, lo dice esa vara económica que debe medir a un presidente investido por la banca. Su debilidad arroja a los cerdos dos millones de euros, la mitad del beneficio extra en la Champions.

Por la banda de Mestalla calientan ya nombres ilustres a la espera de que el árbitro señale el cambio. Fernando conoce como pocos el Valencia y su esencia futbolística. Cortés cimentó la etapa más gloriosa, mientras Rus garantiza la sintonía institucional. A Ortí ni lo cuento. Pura bondad, no busca nada aunque siempre aparece cuando lo necesitan. Impagable hombre de transición.

Pero no es momento de paracaidistas. Llorente vino a lo que vino y debe permitírsele firmar su obra. Luego ya veremos si merece notable, aprobado justito o unas buenas calabazas cuya posdata recuerde que para vender jugadores y endeudar a todos los valencianos con Bankia no hacía falta un presidente profesional.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Valverde inspira una tregua

Si la primera impresión es la que vale, Ernesto Valverde regresó a su hotel muy preocupado hace hoy una semana, tras aquella apresurada presentación con rostros de velatorio. No era para menos. Imaginemos que el Apolo XI, en su histórico alunizaje, se hubiera posado encima de un lodazal. O que la primigenia huella de Neil Armstrong en el satélite quedara grabada sobre una desafiante deposición canina, en el supuesto caso de que existieran colonias de perros allá arriba. Sin duda aquel paso continuaría siendo un gran salto para la humanidad, pero habría nacido con mal fario. Algo así debió sentir el nuevo técnico del Valencia, acribillado casi sin tomar asiento a preguntas tan ásperas como justificadas, en tránsito entre la incomodidad y la preocupación.

Pero rescatando la premisa inicial, si la primera impresión es la que vale este estreno de Valverde en el banquillo eléctrico de Llorente abre una ventana a la esperanza. La tortura mediática no le vino mal al vasco-extremeño (llamémosle así). Al contrario, seguramente le ayudó a agilizar su diagnóstico... en el improbable caso de que albergara dudas sobre dónde estaba el verdadero problema del Valencia.
No nos engañemos. Valverde será todo lo gran técnico que queramos y hasta podemos regalarle ya un buen puñado de epítetos que sin duda merezca, pero la magia todavía no figura en su prospecto. En tres días, como él mismo reconoció, poco ha podido hacer. El evidente cambio experimentado por el Valencia emana del mismo vestuario que decidió correr donde antes andaba, meter esas piernas que hasta ahora se encogían. Que ha reaccionado ante la evidencia de que rodó una cabeza pero debieron ser veintiséis.

El mérito de Valverde, que también lo tiene, ha sido confiar la primera entrega de su proyecto a dos tipos que sienten este club, acostumbrados a hablar en la sala de prensa pero también sobre el verde. Albelda y Soldado marcan el camino. Y no sólo por ser de casa. El debate de la cantera es mucho más que una simple disquisición territorial con tintes de chovinismo. Supone pedir a Gago que esa misma reacción visceral que tuvo al conocer la destitución de su mentor y compatriota la traslade al campo cada vez que falle un pase. Que los de fuera se sientan unos privilegiados por jugar en el Valencia. Que entiendan que para robar el sueño a uno de los canteranos de Paterna hay que ser mejor que él en términos futbolísticos e intentar aproximarse a su grado de implicación, que por fuerza resultará siempre mayor.

El buen comienzo de Valverde inspira un alto el fuego; una tregua por encima de los interés particulares de esos cazadores furtivos que aguardan alentados por el olor de la sangre de la pieza mayor, conscientes de que su futuro pasa por convertir en los próximos meses la vida del Valencia en trepidante secuela de 'Los juegos del hambre'. Este club necesita iniciar una firme escalada en el césped y hacer cumbre en los despachos. Todo eso desde ya. Podemos permitírselo y dejar para más adelante las facturas o tirar de pancarta mientras aguardamos a que el cobrador del frac presida su funeral. Llorente está tocado, pero el nombre del momento es Valverde. Y Albelda. Y Soldado. Y también Bankia. Ya habrá tiempo para lo demás.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Un paso en falso

Proclamar a estas alturas que Llorente se equivocó al fichar a Pellegrino sería una perogrullada. Con esos cuervos que Emery crió hasta que le sacaron los ojos hacía falta algo más que un espantapájaros. El presidente trajo a un hombre de paz cuando lo que Paterna pedía a gritos era un experto general capaz de meter en vereda a esta tropa de reclutas consentidos que sólo conocen la crisis por los periódicos. Alguien cuyas heridas de guerra bastaran para ganarse el respeto con una simple mirada. Un zorro viejo capaz de atemorizar a esta plantilla despersonalizada, donde cualquier tuercebotas se enfada si lo cambian, unos conducen sin carné y otros no deberían hacerlo pese a estar documentados. Un grupo de niños que calculan con frialdad los días en que no toca trabajar, callan cuando pierden y se enredan en la red social...

Pellegrino no era la solución, sin duda, pero su destitución carece de sentido. El argentino fue una apuesta personal de Llorente, que fantaseaba con él mucho antes incluso de que Emery avistara el cadalso. Defender que el presidente nada tuvo que ver en la elección del Flaco sería tan ingenuo como creer que la pancarta a favor de Paco Roig que de pronto apareció en Mestalla fue fruto de la espontaneidad.

Llorente optó por un camino muy peligroso. Si entonces fue valiente, ahora ha sido cobarde. El error de Pellegrino es suyo, intransferible, y no puede subsanarlo con el simple despido del técnico. Con aquella decisión, adoptada hace apenas siete meses, el presidente se quedó sin coraza. Por coherencia, estaba llamado a morir con este entrenador, su entrenador. La destitución no tiene sentido si no va acompañada de una dimisión. Ahora o cuando se cierre la renegociación de los créditos con Bankia.

Llorente barajaba hace meses la opción de bajar la persiana, harto del desgaste personal que genera su creciente nómina de enemigos. Pero irrumpió Paco Roig y la ira se llevó los titubeos. Ahora debe reflexionar, porque ha ofrecido al pueblo la única cabeza que no le pidió.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Los fantasmas de siempre

Reaparecen en la aturrullada vida del Valencia como macilentos espectros. El chirrido de sus cadenas preside la parodia, con guión digno de Francisco Ibáñez pero arruinada por un reparto venido a menos. «Ya están aquí», que diría la niña de "Poltergeist". Otra vez ellos emponzoñan la existencia de este club, quién sabe si en busca de rematar la faena que dejaron incompleta.

Paco Roig entra por una ventana dando lecciones de ética y pregonando valencianismo, agitando masas bajo un sudario que no impide ver el reguero de billetes que le persigue. Juan Soler se descuelga desde la chimenea, convencido de que esta vez sí ha dado con el clavo. El hombre que hundió al Valencia en la ciénaga pide que esta ciudad le escuche, porque trae a un alquimista capaz de bañar de oro el escudo del murciélago. Dicen las malas lenguas que ha alcanzado tal grado de afinidad con él que incluso le paga la habitación del lujoso hotel donde preparó su desembarco. Habladurías. No ha podido venir Víctor Vicente Bravo, porque a la parca no hay quien la estafe, pero haría falta un médium para convencernos de que no se reencarnó en Mario Alvarado.

Al menos esta vez nos han cogido preparados. El cordón sanitario dispuesto hace tres años con tal de impedir que Dalport finiquitara el Valencia ha sido gravoso para el club y las instituciones, pero eficaz. Al clan uruguayo le bastó con timar a tres empresarios para acceder al puente de mando y meternos en el cuerpo el baile de San Vito. El abordaje costarricense nació muerto, ya que tenía que vender su milonga, en tiempos de austeridad y escepticismo, a gobernantes escarmentados y a una entidad financiera que ya no rigen políticos, sino economistas.

El futuro pasa inevitablemente por una venta, pero mientras las tripas del club rechinen de hambre todo aquel que se acerque estará bajo sospecha. El día en que la deuda alcance niveles soportables, en el momento en que el nuevo estadio recobre la vida, cuando el Valencia sea de verdad una golosina... entonces vendrán los verdaderos inversores. Lo otro es aquello de los duros a cuatro pesetas.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Qué vergüenza

Folio en blanco. Desnudemos nuestras frustraciones con pulso firme y buena letra. "No volveré a ilusionarme". Ahora, copiémoslo cien veces. Que no se olvide. Para firmar un esperpento como el de La Rosaleda, mejor no haber abierto los apetitos con el ya devaluado festival ante el Bayern.

El fútbol está reñido con las matemáticas. Entre sus leyes no figura la propiedad conmutativa. Aquí el orden de los factores sí altera el valor del producto. No es lo mismo fichar a un jugador de ocho millones que rellenar la plantilla con ocho peloteros a un kilo por cabeza. El talento vale dinero. Y cuando no lo hay, a la menor presión se te ve el cartón. Ya podemos ir preparando la ropa de invierno. Si la diferencia con el Málaga es la que vimos anoche, nos espera un futuro lleno de apasionantes retos. Apagar la televisión martes y miércoles, superar eliminatorias de Europa League el jueves, vender jugadores para equilibrar presupuestos y tratar de acabar el año por encima del Levante. Qué pasada. Hoy por hoy el Valencia sólo competiría con el Málaga en Iberflora.

El jeque tiene grandes futbolistas que se motivan sin cobrar, pero lo triste es que ayer boxearon con su propia sombra. Ni siquiera necesitaron recurrir a argumentos deportivos para arrollar al Valencia. Bastó la intensidad. La dignidad.

Conversación real mantenida esta semana. ¿Cómo se puede someter al Bayern y tres días antes hacerlo tan mal ante el Espanyol? «Porque el rival se cerró bien y no dejó espacios», contesta el uno. «Ante los alemanes hubo solidaridad, espíritu, orgullo; en la Liga nada de nada, y si el equipo no lo sabe habrá que recordárselo», replica el otro. La primera respuesta la dio un peso pesado del vestuario. La segunda, el que corta el bacalao. Es lo de la propiedad conmutativa, amigo Braulio. Para lo que hay, mejor fichar a una bestia de 20 millones y dejar el resto de la faena para gente de casa. Como Bernat, Alcácer, Guaita... Isco.

domingo, 18 de noviembre de 2012

El odio, un mal enemigo

Paco Roig ponía la voz, Miguel Zorío escribía la letra y un entonces desconocido Vicente Soriano encabezaba la masa coral. Firmaron la canción del verano de 2003 y aquel ritmo se pegó a los talones durante medio año. Astutos estrategas, su absoluto dominio del escenario colocó patas arriba el Valencia. Del hábil cuentagotas brotaba cada día un titular escandaloso para alimentar la rebelión. Supieron beber de la indefinición de Bautista Soler, forzaron la creación de un sindicato de accionistas, llevaron a las instituciones a meter por primera vez las narices en el Valencia y hasta Juan Soler terminó comprando el club cuando lo que en realidad quería era alejar de ahí a su padre.

Tiene guasa la cosa. Mientras al escuálido Oviedo, fruto de lamentos en los cuatro puntos cardinales, llega el empresario más rico del mundo con una saca de euros, el gran Valencia vuelve ahora a bailar al son del expresidente y su simbólico paquete accionarial.

Como la información es poder, todo el mundo sabía hace diez años qué perseguía Paco Roig y, por ende, la forma de neutralizarlo. Lo movían las punzadas del ego, un proyecto empresarial, por supuesto un reto personal... Ahora, sin embargo, sólo él conoce las razones del extemporáneo regreso. Y si dice la verdad y no sigue más dictado que el de su espíritu justiciero, Llorente tiene motivos para preocuparse por este émulo de Charles Bronson. Mal enemigo es el odio.

Roig repite como autómata la vieja estrategia. Un día, un titular. Y sabe lo que pide el estómago valencianista. Ante el hartazgo económico, llamada a la insumisión frente a Bankia. Ahora que el equipo no engancha, fusta a quien decidió vender en vez de fichar. Llorente llega personalmente muy desgastado a la refriega, que además discurrirá por terrenos en los que el presidente no se desenvuelve con destreza. Lo puso de manifiesto la oprobiosa junta de accionistas. Al margen de sucia, la pelea será larga. Durará lo que tarde un juez en sentenciar que acusar sin pruebas no es hacer justicia, sino caer en la injuria.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Cine negro

Pese a la jocosa alusión a 'Pretty Woman', la junta del Valencia tuvo poco de comedia. Puro cine negro, con Paco Roig regresando de entre los mudos para descerrajar una ráfaga de reproches sobre el viejo colega. Sangre fría, gatillo caliente. Como reza el género. Y entre la humareda del tiroteo verbal, un molesto hedor a ajuste de cuentas. Atildados ejecutivos embadurnados de barro, el chaval de la Grada Joven avergonzado por sus mayores y el 'ilustrado' Vallés dando lecciones de gramática a la prensa. Menudo giro argumental.

Paco Roig tuvo su época y la vendió. Perdió el derecho a dirigirse al valencianismo el día en que renunció a su legítimo sueño de volver a cambio del dinero ajeno. Nada que reprochar. Treinta millones son mucha pasta. Pero que no olvide que con su maniobra él inventó el solerismo. Y que si las administraciones se arrojaron en brazos del príncipe amostachado que con el tiempo mutaría en rana fue para huir del 'tronaor' de Mestalla.

Sofocos al margen, a Llorente no le vino mal la irrupción de Roig. Al adentrarse en el terreno de las vísceras, el debate se alejó de las arenas movedizas que configuran cuentas y balances, para decepción de los críticos con argumentos. Pero el presidente debe reflexionar. Mal, muy mal está el valencianismo si Roig todavía es capaz de arrancarle desesperados aplausos. Este club necesita ilusión, la que emana del populismo de su némesis.

Llorente heredó un muerto. Verdad irrefutable. Y la salvación queda lejos. Ante el cariz de la negociación y el pellizco que se llevará Bankia por cada traspaso, aunque el Valencia vaya a la Champions tendrá que vender a Feghouli. Si no entra en la gran competición, con el argelino se irán Rami o Soldado. Y sin equipo no hay victorias. Pero la nefasta gestión de sus antecesores ya no vale como argumento. Si tan mal lo hicieron, debió impulsar la acción social de responsabilidad. Aun a sabiendas de que la perdería. La dignidad bien vale una derrota. Mejor eso que la complicidad del silencio.

Ya sin mirar atrás, Llorente debe quitar el velo a su gestión. Entender que cuando se anuncia una solución hay que explicarla. No volver a aceptar cláusulas de confidencialidad que le exponen a doce meses de insoportable desgaste vendiendo huecas ilusiones al socio. Tanto él como Piles han de entender que en ocasiones si no tienes una buena mano es mejor ser transparente que jugar de farol.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Un apoyo sin fisuras

Si el fútbol fuera materia docente, los críos de los ochenta se habrían enamorado de la afición del Valencia. Sus esquemas infantiles, acartonados hoy por el tiempo, recordarían la fidelidad de aquella marea blanquinegra que rescató al equipo de Segunda, dando pie al socorrido pareado: Mestalla nunca falla. A esos niños ya treintañeros se sumaría la nueva generación borracha de gloria con las gestas que alumbraron el nuevo siglo.

Pero cuando la crisis marchitó la flor del Valencia, desde los cuatro puntos cardinales surgieron voces dispuestas a poner en tela de juicio a la afición que nunca falló. La que ni siquiera se escondió el día en que los ídolos decidieron no celebrar un título. Grada exigente. Caprichosa. Ejército de veletas entregadas al viento resultadista. La bola creció, de tanto oírlo nos lo creímos y así se llegó al triste epitafio de Emery: «A ver si algún día levantáis vosotros algún partido». Los pájaros disparaban definitivamente a las escopetas.

El pantagruélico festín que deparó la visita del Atlético debe sellar el distanciamiento entre el equipo y su gente, los dos miembros de esta ecuación llamada fútbol. Mestalla recuperó la magia por el camino de la lógica. Esa que dicta que toda plantilla recoge lo que siembra. El Valencia jugó un partido trascendente, como tantos otros anteriores, pero al fin lo encaró desde la ambición en vez de la ansiedad. Cuando fluye la honradez, si cada cual hace lo que puede… entonces vuelve el apoyo sin fisuras.

El viejo estadio descubrió a un Valencia solidario, generoso en los apoyos, con muchas de las lagunas de siempre, pero consciente de que si falta el fino trazo del estilista siempre queda la testosterona del gladiador. A veces lo uno lleva a lo otro, y del rudo yunque surge una obra de arte como la de Soldado. Así volvió la chispa a Mestalla, que se desgañitó. Moraleja: Hay rivales que conducen la electricidad mejor que otros. El mérito será demostrar estas virtudes ante los próximos huéspedes, con mucho menos boato que el poderoso Atlético.

domingo, 28 de octubre de 2012

La misma piedra de siempre

Los milagros merecen mejor trato. El Valencia vivió ante el Athletic uno de talla XXL, vitamina para la fe, y debió aprender la lección que se ocultaba tras aquella corajuda remontada. En esta liga donde la crisis hizo tabla rasa hasta masacrar la clase media, arrojar 45 minutos a la basura es un lujo sólo al alcance de los dos de siempre. Lejos de entenderlo, el equipo ignoró la moraleja y repitió vicios. El mismo desdén en el primer acto. Defensa, blandita. Centro del campo como la energía, que ni crea ni destruye. Y las bandas, en barbecho pese a que debían ser el desfibrilador blanquinegro.

Cierto es que la galbana se quedó en el vestuario. Que el Valencia de la segunda parte sí mordió. Que recuperó la verticalidad, los cambios funcionaron y salió del Villamarín con un amplio catálogo de ocasiones erradas. Hasta se podría argumentar que la derrota fue injusta, pero lo mismo debió de pensar Bielsa mientras emprendía regreso a Bilbao. Es lo que tienen las lecciones; hay que aprenderlas, y si eres incapaz de avistarlas tras un milagro tendrás que buscarlas luego en el hierro de la desgracia.

Aun así, del sofoco sevillano pueden extraerse conclusiones positivas. Pellegrino soba las palabras como buen argentino, pero también se muestra ducho en el manejo del lenguaje no verbal. Ese que cala sin pasar por las cuerdas vocales. Y como además se siente fuerte, no duda a la hora de tomar decisiones. Un acierto, porque para eso le pagan. Si has de caer, mejor con tus ideas.

Alves no tuvo su tarde, pero desde la óptica caníbal instaurada por el técnico en la portería el brasileño debía jugar. Jonas menospreció en público al argentino ante 35.000 valencianistas descontentos y a tal desafío correspondía un castigo (los tiempos del Padre Unai y el brazalete de Miguel ya pasaron). Bernat también fue justo titular, pues aportó más en dos partidos que Guardado en siete. Y si el trivote funcionó en Minsk merecía otra oportunidad. El técnico no necesita alzar la voz para demostrar que manda. Algo es algo.

domingo, 21 de octubre de 2012

Salvar al soldado Roberto

Arrancó un gesto de rabia al hierático Llorente, quebró cientos de gargantas y buscó acomodo para algún que otro pañuelo descarriado. La reacción del Valencia electrizó a su afición, con bien ganada fama de exigente, pero entregada en cuanto se le da un mínimo motivo de esperanza. Sin embargo, de poco habrá servido la remontada si no conduce a un punto de partida. Al adiós a las turbulencias en este proyecto preñado de dudas. La moneda cayó de cara porque el equipo lo buscó con ahínco tras el descanso, pero no olvidemos que él mismo se condenó al heroismo con un nefasto primer acto. No está el horno para ruletas rusas.

La crisis y los desvaríos que convirtieron a este club de fútbol en agencia inmobiliaria han hecho callo. Tras un crudo trienio en el que Mestalla vio desfilar bajo la bandera enemiga a tanto viejo ídolo, qué más da que el partido de anoche naciera amenizado por los goles de Mata, Isco, Joaquín y Pablo con sus nuevos escudos. O que bajo la mandíbula del león desdentado se escondieran los colmillos del honrado Aduriz.

La pérdida de referentes alivia la deuda pero alimenta la duda. Y los goles de resopón no deben ocultar las miserias de una defensa verbenera, aleccionada por un técnico que ayer fue cotizado central y hoy hace buena la historia del herrero con cuchillo de palo. La lucha por la supervivencia económica llevó al Valencia a vender su alma. La diáspora ha vestido de profetas a viejos proscritos como Ricardo Costa o Banega, y el único hálito de fe lo aportan los niños Viera o Bernat y la garra de Valdez.

El Valencia juega con aquel fuego que arrasó al Superdépor. El Málaga, dueño del último puesto de Champions al alcance de los mortales, pudo irse anoche a nueve puntos. Si el club cae del gran escaparate continental necesitará añadir al habitual capítulo de ingresos por ventas otros 16 millones. Y en esta plantilla no hay ya ningún Villa, Silva o Mata. Sólo un jugador puede traer tal inyección económica. El único lujo que nos queda. El último murciélago. Protejámoslo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Vagar sin rumbo

En el fútbol tan importante es tener dinero como saber gastarlo, pero hay otro factor que acude al rescate cuando no se da ninguna de esas dos premisas: la personalidad. Saber quién eres y adónde vas. El Levante, equipo humilde que ficha lo que puede, demostró ayer una admirable claridad de ideas. Su fútbol, primitivo si se quiere, reposa sobre dos pilares, el repliegue a ultranza y los pases largos hacia Martins, barnizado todo ello con una capa de solidaridad que maquilla las carencias.

El Valencia, sin embargo, aún anda en busca de sí mismo. Desconoce a lo que juega. Vulnerable en defensa, cuando le regalan el balón lo mira con la ingenuidad con que lo haría un primate en un laboratorio. Como todo nuevo proyecto, el del Flaco necesita tiempo, si bien apenas le faltan doce días para alcanzar la simbólica centena y su Valencia está igual de mal que lo dejó Emery. La única distancia es que todos hemos bajo el listón de la exigencia.

Braulio y Pellegrino se escudan en los valores de la cantera para justificar su decisión de no reforzar el eje de la zaga, pero si así fuera Carlos Delgado ya tendría que lucir vitola de titular. Por simple eliminación. Partido a partido se confirma que Víctor Ruiz es un coladero, mientras que a estas alturas ya nadie sabe dónde se oculta el auténtico Rami: en aquel coloso que blindó el área nada más ceñirse la blanquinegra o en este perfecto anfitrión habituado a acompañar al visitante hasta la cocina de Guaita. Las lagunas de uno y otro son inadmisibles, y lo peor es que ese desastre se veía venir. Si nos dicen un año atrás que acabaríamos haciendo un mesías de Ricardo Costa...

Pero las lagunas van más allá del agujero negro defensivo. Aunque el centro del campo es otro con Gago, la velocidad que el argentino imprime al juego no sorprende ni a un rival exánime como el Levante. Parejo queda para divertimento de la grada y hasta Soldado hace pensar que quizá fuimos demasiado duros con Del Bosque. Es lo que tiene el fútbol a las doce. Que deja una tarde para reflexionar.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Una decisión de riesgo

Vaya por delante que Guaita me parece un formidable portero. Iré más allá. En un combate decidido a los puntos, lo prefiero a Alves. Transmite sobriedad y además, qué caray, representa a esa cantera siempre tan distante del primer equipo. Supo pulirse en el exilio y regresó para jubilar a César y desterrar a Moyà. Dos peces gordos engullidos por un chaval al que le sienta genial el brazalete.

A todos estos argumentos deportivos se podría añadir la evidencia de que no fue su rendimiento, sino dos tormentosas lesiones, lo que precipitó su caída en beneficio de Diego Alves. Sin embargo, nada de todo ello tiene el peso suficiente para explicar un relevo en la portería.

Si una máxima se perpetúa hasta erigirse en tópico será porque en el fondo no le falta sentido. Y el vademécum del fútbol establece que el rol de guardián de los palos va directamente ligado a la confianza. ¿Cuántos errores justifican un cambio de arquero? ¿Cuántos fallos leves equivalen a uno grave? Alves no ha matado a nadie. Se equivocó ante el Celta y en Mallorca, pero seguramente fue el mejor jugador del equipo en los otros cinco partidos de la temporada.

Por lógica, habría que pensar que el cetro es ahora de Guaita. Su debut sin sobresaltos le hace acreedor a la titularidad frente al Lille. Pero Pellegrino anuncia que decidirá día a día. En función del rival. Habrá que estar atentos a su sensible balanza, porque si algo ha demostrado Diego Alves es poseer un espíritu competitivo que no aceptaría decisiones arbitrarias.

El técnico, que vio desde el campo despellejarse a Cañizares y Palop, convertirá cada partido en una criba para sus arqueros. ¿Abajo los tópicos? Pues abajo. Toda cita será una reválida para el efímero titular. El problema vendrá cuando alguno de los afectados no esté de acuerdo con el examinador.