lunes, 28 de enero de 2013

Un cambio de rumbo

Durante los casi cuatro años en que Llorente presidió el Valencia (obsérvese el tiempo verbal empleado), el espíritu de Mestalla permaneció amarrado a la silla del dentista. El fútbol quedó reducido a ese tenue hilillo musical que se abre paso, imperceptible e insustancial, entre muelas voladoras y nervios ejecutados con precisión quirúrgica; la que seguramente requería una infección como la contraída por el nonagenario club.

Pero al reputado odontólogo, el mejor que podía tener en ese trance histórico el Valencia, se le fue la mano con la anestesia. Tan centrado estuvo en los alicates que olvidó subir la música, y así se llegó a la junta general de noviembre, el esperpento donde los argumentos de unos y otros quedaron ahogados por la verborrea de Paco Roig. A pesar de su negro historial, el expresidente todavía tuvo quien le escuchara. Y aplaudiera. Y ahí entendió Llorente, tarde como Pablo de Tarso, que su nula empatía con el valencianismo pesaba más que una gestión correcta, necesaria pero no suficiente.

Rus tiene mucho terreno ganado. En el cuerpo a cuerpo verbal, "el tronaor" no le ganaría un premio de ingenio y gracia. Sabe articular como él ese discurso socarrón y populista capaz de explorar los espacios emocionales despreciados por Llorente. Pero Rus es mucho más que Roig. Aunque ha esperado 16 años este momento, sabe aplicar la continencia. Es Fernando, su rival en la carrera sucesoria, el que se abrasa fruto de un paso al frente precipitado, inspirado por la necesidad de planificar una temporada completa en el campo y la sensación de que se le pasa el arroz que Rus lleva tiempo cocinando en los despachos.

El exfutbolista dice que busca inversores; el político los busca sin decirlo. Aquél necesita información de la situación real del club para poder avanzar sus gestiones; a éste le basta con descolgar un teléfono para obtenerla. Y en medio de ellos emerge la bonhomía de Ortí, el mejor embajador, harto de que le roben los honores que le regaló la historia. Merece ser escuchado.

domingo, 20 de enero de 2013

El equipo del Gobierno

Quienes aún canturrean aquello de que el Real Madrid, rival hoy en Mestalla, es el equipo del Gobierno deberán ir haciéndose a la idea de invertir los términos. El Valencia va camino de convertirse en empresa pública, sus jugadores y ejecutivos serán los funcionarios mejor pagados de la historia y el Consell destinará al fútbol lo que escatima en servicios primarios, salvo que la "sensibilidad" de Bankia o un jeque rumboso dicten lo contrario. El escenario que todos veían venir pero nadie quería aceptar está aquí. Y en tránsito de la incredulidad a la ira nos acompaña una pregunta: ¿Cómo pudimos caer tan bajo?

El Valencia llega a esta situación por la ingenuidad del expresidente al que embaucó una banda de timadores. Pero que nadie se lleve a engaño. Aquella no fue una historia de cándidas almas burladas, sino de vanidad y codicia. De la reconquista de un trono y el color del dinero.

El Valencia llega a esta situación fruto de un pacto suicida en el que ninguna de las partes coligadas para frenar la estafa interpretó bien su papel. Qué podíamos esperar cuando los banqueros son políticos y los políticos, forofos. Hoy la crisis nos aclara la vista tras arrojar por el sumidero todo el mundo que conocíamos. Quienes recuerdan el discurso que alimentó aquella foto maldita como la de las Azores -"es que el club desaparecía"- reciben ahora un "¿y qué?" por respuesta. La necesidad nos ha traído la lucidez, pero nunca está de más algo de autocrítica; recordar el contexto social de la decisión, anunciada un día después de que el Consell asumiera el canon de la Fórmula 1 y recibida con más aplausos que pitos.

El Valencia llega a esta situación por el ansia de gloria de un abogado que, con la razón de su parte, optó por matar moscas a cañonazos. Él trajo el sambenito de la asistencia financiera. Él remachó el clavo ardiendo.

Y el Valencia llega a esta situación por la inacción de un político que hizo del oscurantismo bandera al frente de la Fundación, consciente de que al final el problema lo tendrían otros. Así nos va. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

jueves, 10 de enero de 2013

Las reglas del fútbol

Lleva el fútbol en su ADN. Fernando ha hecho pinitos en política y ahora quiere afrontar un máster de economía al frente del Valencia, pero por encima de todo será siempre un exjugador. Alguien consciente de que el olor del césped muta la realidad, introduce códigos reñidos con la lógica en otros ámbitos de la vida.

El Valencia es una sociedad anónima y la negociación para comprar cualquier empresa privada jamás arranca en una sala de prensa. El camino hacia el puente de mando pasa por confirmar la voluntad vendedora del propietario, pactar un precio y sólo entonces buscar micrófonos para airear proyectos.

Pero el Valencia, esencialmente un club de fútbol, se rige por otro libro de estilo. Ahí, como en el campo, Fernando ejerce de catedrático. Quiere presidir la entidad, porque le apetece el reto y desacreditar de paso al hombre que le amargó la vida. Y sin dinero con el que comprar las acciones de la Fundación, necesita que las instituciones le abran la puerta como hicieron a Llorente.

Si en el campo jamás le traicionó su visión de juego, en los despachos se le rompieron los esquemas tras el fracaso de la operación Newcoval. La Generalitat conocía el proyecto de Fernando y aun así mantuvo en el cargo al gestor pese a la ruptura del pacto con Bankia. En ese contexto de profundo desencanto resulta más comprensible la irrupción de Fernando. El exfutbolista.

Si las instituciones no quieren escucharlo a él, está por ver qué harán cuando el grito emane de la grada. El calendario deportivo es un polvorín. Tres partidos contra el Real Madrid, tal vez otros tantos frente al Barcelona... y al fondo el PSG. Los valencianistas que reniegan del presidente saben desde ayer quién calienta por la banda. Plebiscito diario en Mestalla. Fernando no desveló sus apoyos, cierto, pero tampoco vendió fichajes o acuerdos firmados sobre papel mojado. Dijo lo que siente. Que hoy no tiene nada pero se ve capaz de conseguirlo mañana. Y gratis. Si Llorente fue Maquiavelo en 2010, la víctima regresa bajo el ropaje de Edmundo Dantés.

lunes, 7 de enero de 2013

Un artificiero en Mestalla

Cuando ofreció al pueblo la cabeza de Pellegrino, Llorente sabía que para salvar la propia ya no bastaba con otro entrenador al uso. Necesitaba un artificiero. En el caso del argentino había metido la pata hasta el corvejón, no tanto por la elección en sí como por imponer su intuición de aficionado a los criterios del director deportivo. Aquel imperdonable error activaba una nueva bomba en su maleta. Treinta días para deshacer el nudo de la Fundación. Noventa para renegociar la deuda con Bankia y salvar la recalificación de Paterna. Sólo faltaba una galopante crisis deportiva. Demasiado tictac flotando en el ambiente.

La angustia llevó a la contrición y, al borde del abismo, el gestor decidió no meterse en nuevos berenjenales. Que se moje Braulio, que para eso le pago. Y el director deportivo, presa del descrédito por sus acciones y omisiones, acertó en la diana. Qué pena que no le hubieran dejado ser protagonista en verano, cuando tocaba. Qué pena también que él lo permitiera al calor de una nómina.

Valverde no ganará un premio a la popularidad. Ni es permeable a la prensa ni anda sobrado de carisma. Se trata de un tipo normal, virtud en los tiempos que corren. Pero por encima de todo ha revelado sus dotes de artificiero. En la vida es importante saber caer de pie. Él lo ha hecho sobre el cráter de Mestalla.

Clemente le apodó 'txingurri' porque aquel menudo futbolista de frágil apariencia y ágil zigzagueo le recordaba a una hormiga. El mote, sin embargo, se ajusta mejor a su forma de trabajar que a cualquier rasgo fisonómico. En silencio se ha ganado el respeto del vestuario, con gestos inteligentes como no señalar culpables ni refugiarse públicamente en ese paño de lágrimas que es el mercado de invierno.

Valverde fue el gran triunfador en Granada. Despertar el apetito de un abúlico vestuario ha sido su primera victoria psicológica. Pero a ella se sumó una buena lectura del partido y la sobresaliente actuación de sus resucitados. Llorente parece tener ya artificiero. Esa maleta pesa menos.