Durante los casi cuatro años en que Llorente presidió el Valencia (obsérvese el tiempo verbal empleado), el espíritu de Mestalla permaneció amarrado a la silla del dentista. El fútbol quedó reducido a ese tenue hilillo musical que se abre paso, imperceptible e insustancial, entre muelas voladoras y nervios ejecutados con precisión quirúrgica; la que seguramente requería una infección como la contraída por el nonagenario club.
Pero al reputado odontólogo, el mejor que podía tener en ese trance histórico el Valencia, se le fue la mano con la anestesia. Tan centrado estuvo en los alicates que olvidó subir la música, y así se llegó a la junta general de noviembre, el esperpento donde los argumentos de unos y otros quedaron ahogados por la verborrea de Paco Roig. A pesar de su negro historial, el expresidente todavía tuvo quien le escuchara. Y aplaudiera. Y ahí entendió Llorente, tarde como Pablo de Tarso, que su nula empatía con el valencianismo pesaba más que una gestión correcta, necesaria pero no suficiente.
Rus tiene mucho terreno ganado. En el cuerpo a cuerpo verbal, "el tronaor" no le ganaría un premio de ingenio y gracia. Sabe articular como él ese discurso socarrón y populista capaz de explorar los espacios emocionales despreciados por Llorente. Pero Rus es mucho más que Roig. Aunque ha esperado 16 años este momento, sabe aplicar la continencia. Es Fernando, su rival en la carrera sucesoria, el que se abrasa fruto de un paso al frente precipitado, inspirado por la necesidad de planificar una temporada completa en el campo y la sensación de que se le pasa el arroz que Rus lleva tiempo cocinando en los despachos.
El exfutbolista dice que busca inversores; el político los busca sin decirlo. Aquél necesita información de la situación real del club para poder avanzar sus gestiones; a éste le basta con descolgar un teléfono para obtenerla. Y en medio de ellos emerge la bonhomía de Ortí, el mejor embajador, harto de que le roben los honores que le regaló la historia. Merece ser escuchado.