lunes, 3 de diciembre de 2012

Un paso en falso

Proclamar a estas alturas que Llorente se equivocó al fichar a Pellegrino sería una perogrullada. Con esos cuervos que Emery crió hasta que le sacaron los ojos hacía falta algo más que un espantapájaros. El presidente trajo a un hombre de paz cuando lo que Paterna pedía a gritos era un experto general capaz de meter en vereda a esta tropa de reclutas consentidos que sólo conocen la crisis por los periódicos. Alguien cuyas heridas de guerra bastaran para ganarse el respeto con una simple mirada. Un zorro viejo capaz de atemorizar a esta plantilla despersonalizada, donde cualquier tuercebotas se enfada si lo cambian, unos conducen sin carné y otros no deberían hacerlo pese a estar documentados. Un grupo de niños que calculan con frialdad los días en que no toca trabajar, callan cuando pierden y se enredan en la red social...

Pellegrino no era la solución, sin duda, pero su destitución carece de sentido. El argentino fue una apuesta personal de Llorente, que fantaseaba con él mucho antes incluso de que Emery avistara el cadalso. Defender que el presidente nada tuvo que ver en la elección del Flaco sería tan ingenuo como creer que la pancarta a favor de Paco Roig que de pronto apareció en Mestalla fue fruto de la espontaneidad.

Llorente optó por un camino muy peligroso. Si entonces fue valiente, ahora ha sido cobarde. El error de Pellegrino es suyo, intransferible, y no puede subsanarlo con el simple despido del técnico. Con aquella decisión, adoptada hace apenas siete meses, el presidente se quedó sin coraza. Por coherencia, estaba llamado a morir con este entrenador, su entrenador. La destitución no tiene sentido si no va acompañada de una dimisión. Ahora o cuando se cierre la renegociación de los créditos con Bankia.

Llorente barajaba hace meses la opción de bajar la persiana, harto del desgaste personal que genera su creciente nómina de enemigos. Pero irrumpió Paco Roig y la ira se llevó los titubeos. Ahora debe reflexionar, porque ha ofrecido al pueblo la única cabeza que no le pidió.

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