En el fútbol tan importante es tener dinero como saber gastarlo, pero hay otro factor que acude al rescate cuando no se da ninguna de esas dos premisas: la personalidad. Saber quién eres y adónde vas. El Levante, equipo humilde que ficha lo que puede, demostró ayer una admirable claridad de ideas. Su fútbol, primitivo si se quiere, reposa sobre dos pilares, el repliegue a ultranza y los pases largos hacia Martins, barnizado todo ello con una capa de solidaridad que maquilla las carencias.El Valencia, sin embargo, aún anda en busca de sí mismo. Desconoce a lo que juega. Vulnerable en defensa, cuando le regalan el balón lo mira con la ingenuidad con que lo haría un primate en un laboratorio. Como todo nuevo proyecto, el del Flaco necesita tiempo, si bien apenas le faltan doce días para alcanzar la simbólica centena y su Valencia está igual de mal que lo dejó Emery. La única distancia es que todos hemos bajo el listón de la exigencia.
Braulio y Pellegrino se escudan en los valores de la cantera para justificar su decisión de no reforzar el eje de la zaga, pero si así fuera Carlos Delgado ya tendría que lucir vitola de titular. Por simple eliminación. Partido a partido se confirma que Víctor Ruiz es un coladero, mientras que a estas alturas ya nadie sabe dónde se oculta el auténtico Rami: en aquel coloso que blindó el área nada más ceñirse la blanquinegra o en este perfecto anfitrión habituado a acompañar al visitante hasta la cocina de Guaita. Las lagunas de uno y otro son inadmisibles, y lo peor es que ese desastre se veía venir. Si nos dicen un año atrás que acabaríamos haciendo un mesías de Ricardo Costa...
Pero las lagunas van más allá del agujero negro defensivo. Aunque el centro del campo es otro con Gago, la velocidad que el argentino imprime al juego no sorprende ni a un rival exánime como el Levante. Parejo queda para divertimento de la grada y hasta Soldado hace pensar que quizá fuimos demasiado duros con Del Bosque. Es lo que tiene el fútbol a las doce. Que deja una tarde para reflexionar.
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