domingo, 28 de octubre de 2012

La misma piedra de siempre

Los milagros merecen mejor trato. El Valencia vivió ante el Athletic uno de talla XXL, vitamina para la fe, y debió aprender la lección que se ocultaba tras aquella corajuda remontada. En esta liga donde la crisis hizo tabla rasa hasta masacrar la clase media, arrojar 45 minutos a la basura es un lujo sólo al alcance de los dos de siempre. Lejos de entenderlo, el equipo ignoró la moraleja y repitió vicios. El mismo desdén en el primer acto. Defensa, blandita. Centro del campo como la energía, que ni crea ni destruye. Y las bandas, en barbecho pese a que debían ser el desfibrilador blanquinegro.

Cierto es que la galbana se quedó en el vestuario. Que el Valencia de la segunda parte sí mordió. Que recuperó la verticalidad, los cambios funcionaron y salió del Villamarín con un amplio catálogo de ocasiones erradas. Hasta se podría argumentar que la derrota fue injusta, pero lo mismo debió de pensar Bielsa mientras emprendía regreso a Bilbao. Es lo que tienen las lecciones; hay que aprenderlas, y si eres incapaz de avistarlas tras un milagro tendrás que buscarlas luego en el hierro de la desgracia.

Aun así, del sofoco sevillano pueden extraerse conclusiones positivas. Pellegrino soba las palabras como buen argentino, pero también se muestra ducho en el manejo del lenguaje no verbal. Ese que cala sin pasar por las cuerdas vocales. Y como además se siente fuerte, no duda a la hora de tomar decisiones. Un acierto, porque para eso le pagan. Si has de caer, mejor con tus ideas.

Alves no tuvo su tarde, pero desde la óptica caníbal instaurada por el técnico en la portería el brasileño debía jugar. Jonas menospreció en público al argentino ante 35.000 valencianistas descontentos y a tal desafío correspondía un castigo (los tiempos del Padre Unai y el brazalete de Miguel ya pasaron). Bernat también fue justo titular, pues aportó más en dos partidos que Guardado en siete. Y si el trivote funcionó en Minsk merecía otra oportunidad. El técnico no necesita alzar la voz para demostrar que manda. Algo es algo.

domingo, 21 de octubre de 2012

Salvar al soldado Roberto

Arrancó un gesto de rabia al hierático Llorente, quebró cientos de gargantas y buscó acomodo para algún que otro pañuelo descarriado. La reacción del Valencia electrizó a su afición, con bien ganada fama de exigente, pero entregada en cuanto se le da un mínimo motivo de esperanza. Sin embargo, de poco habrá servido la remontada si no conduce a un punto de partida. Al adiós a las turbulencias en este proyecto preñado de dudas. La moneda cayó de cara porque el equipo lo buscó con ahínco tras el descanso, pero no olvidemos que él mismo se condenó al heroismo con un nefasto primer acto. No está el horno para ruletas rusas.

La crisis y los desvaríos que convirtieron a este club de fútbol en agencia inmobiliaria han hecho callo. Tras un crudo trienio en el que Mestalla vio desfilar bajo la bandera enemiga a tanto viejo ídolo, qué más da que el partido de anoche naciera amenizado por los goles de Mata, Isco, Joaquín y Pablo con sus nuevos escudos. O que bajo la mandíbula del león desdentado se escondieran los colmillos del honrado Aduriz.

La pérdida de referentes alivia la deuda pero alimenta la duda. Y los goles de resopón no deben ocultar las miserias de una defensa verbenera, aleccionada por un técnico que ayer fue cotizado central y hoy hace buena la historia del herrero con cuchillo de palo. La lucha por la supervivencia económica llevó al Valencia a vender su alma. La diáspora ha vestido de profetas a viejos proscritos como Ricardo Costa o Banega, y el único hálito de fe lo aportan los niños Viera o Bernat y la garra de Valdez.

El Valencia juega con aquel fuego que arrasó al Superdépor. El Málaga, dueño del último puesto de Champions al alcance de los mortales, pudo irse anoche a nueve puntos. Si el club cae del gran escaparate continental necesitará añadir al habitual capítulo de ingresos por ventas otros 16 millones. Y en esta plantilla no hay ya ningún Villa, Silva o Mata. Sólo un jugador puede traer tal inyección económica. El único lujo que nos queda. El último murciélago. Protejámoslo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Vagar sin rumbo

En el fútbol tan importante es tener dinero como saber gastarlo, pero hay otro factor que acude al rescate cuando no se da ninguna de esas dos premisas: la personalidad. Saber quién eres y adónde vas. El Levante, equipo humilde que ficha lo que puede, demostró ayer una admirable claridad de ideas. Su fútbol, primitivo si se quiere, reposa sobre dos pilares, el repliegue a ultranza y los pases largos hacia Martins, barnizado todo ello con una capa de solidaridad que maquilla las carencias.

El Valencia, sin embargo, aún anda en busca de sí mismo. Desconoce a lo que juega. Vulnerable en defensa, cuando le regalan el balón lo mira con la ingenuidad con que lo haría un primate en un laboratorio. Como todo nuevo proyecto, el del Flaco necesita tiempo, si bien apenas le faltan doce días para alcanzar la simbólica centena y su Valencia está igual de mal que lo dejó Emery. La única distancia es que todos hemos bajo el listón de la exigencia.

Braulio y Pellegrino se escudan en los valores de la cantera para justificar su decisión de no reforzar el eje de la zaga, pero si así fuera Carlos Delgado ya tendría que lucir vitola de titular. Por simple eliminación. Partido a partido se confirma que Víctor Ruiz es un coladero, mientras que a estas alturas ya nadie sabe dónde se oculta el auténtico Rami: en aquel coloso que blindó el área nada más ceñirse la blanquinegra o en este perfecto anfitrión habituado a acompañar al visitante hasta la cocina de Guaita. Las lagunas de uno y otro son inadmisibles, y lo peor es que ese desastre se veía venir. Si nos dicen un año atrás que acabaríamos haciendo un mesías de Ricardo Costa...

Pero las lagunas van más allá del agujero negro defensivo. Aunque el centro del campo es otro con Gago, la velocidad que el argentino imprime al juego no sorprende ni a un rival exánime como el Levante. Parejo queda para divertimento de la grada y hasta Soldado hace pensar que quizá fuimos demasiado duros con Del Bosque. Es lo que tiene el fútbol a las doce. Que deja una tarde para reflexionar.