Los milagros merecen mejor trato. El Valencia vivió ante el Athletic uno de talla XXL, vitamina para la fe, y debió aprender la lección que se ocultaba tras aquella corajuda remontada. En esta liga donde la crisis hizo tabla rasa hasta masacrar la clase media, arrojar 45 minutos a la basura es un lujo sólo al alcance de los dos de siempre. Lejos de entenderlo, el equipo ignoró la moraleja y repitió vicios. El mismo desdén en el primer acto. Defensa, blandita. Centro del campo como la energía, que ni crea ni destruye. Y las bandas, en barbecho pese a que debían ser el desfibrilador blanquinegro.
Cierto es que la galbana se quedó en el vestuario. Que el Valencia de la segunda parte sí mordió. Que recuperó la verticalidad, los cambios funcionaron y salió del Villamarín con un amplio catálogo de ocasiones erradas. Hasta se podría argumentar que la derrota fue injusta, pero lo mismo debió de pensar Bielsa mientras emprendía regreso a Bilbao. Es lo que tienen las lecciones; hay que aprenderlas, y si eres incapaz de avistarlas tras un milagro tendrás que buscarlas luego en el hierro de la desgracia.
Aun así, del sofoco sevillano pueden extraerse conclusiones positivas. Pellegrino soba las palabras como buen argentino, pero también se muestra ducho en el manejo del lenguaje no verbal. Ese que cala sin pasar por las cuerdas vocales. Y como además se siente fuerte, no duda a la hora de tomar decisiones. Un acierto, porque para eso le pagan. Si has de caer, mejor con tus ideas.
Alves no tuvo su tarde, pero desde la óptica caníbal instaurada por el técnico en la portería el brasileño debía jugar. Jonas menospreció en público al argentino ante 35.000 valencianistas descontentos y a tal desafío correspondía un castigo (los tiempos del Padre Unai y el brazalete de Miguel ya pasaron). Bernat también fue justo titular, pues aportó más en dos partidos que Guardado en siete. Y si el trivote funcionó en Minsk merecía otra oportunidad. El técnico no necesita alzar la voz para demostrar que manda. Algo es algo.

