Paco Roig ponía la voz, Miguel Zorío escribía la letra y un entonces desconocido Vicente Soriano encabezaba la masa coral. Firmaron la canción del verano de 2003 y aquel ritmo se pegó a los talones durante medio año. Astutos estrategas, su absoluto dominio del escenario colocó patas arriba el Valencia. Del hábil cuentagotas brotaba cada día un titular escandaloso para alimentar la rebelión. Supieron beber de la indefinición de Bautista Soler, forzaron la creación de un sindicato de accionistas, llevaron a las instituciones a meter por primera vez las narices en el Valencia y hasta Juan Soler terminó comprando el club cuando lo que en realidad quería era alejar de ahí a su padre.
Tiene guasa la cosa. Mientras al escuálido Oviedo, fruto de lamentos en los cuatro puntos cardinales, llega el empresario más rico del mundo con una saca de euros, el gran Valencia vuelve ahora a bailar al son del expresidente y su simbólico paquete accionarial.
Como la información es poder, todo el mundo sabía hace diez años qué perseguía Paco Roig y, por ende, la forma de neutralizarlo. Lo movían las punzadas del ego, un proyecto empresarial, por supuesto un reto personal... Ahora, sin embargo, sólo él conoce las razones del extemporáneo regreso. Y si dice la verdad y no sigue más dictado que el de su espíritu justiciero, Llorente tiene motivos para preocuparse por este émulo de Charles Bronson. Mal enemigo es el odio.
Roig repite como autómata la vieja estrategia. Un día, un titular. Y sabe lo que pide el estómago valencianista. Ante el hartazgo económico, llamada a la insumisión frente a Bankia. Ahora que el equipo no engancha, fusta a quien decidió vender en vez de fichar. Llorente llega personalmente muy desgastado a la refriega, que además discurrirá por terrenos en los que el presidente no se desenvuelve con destreza. Lo puso de manifiesto la oprobiosa junta de accionistas. Al margen de sucia, la pelea será larga. Durará lo que tarde un juez en sentenciar que acusar sin pruebas no es hacer justicia, sino caer en la injuria.

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