Si la primera impresión es la que vale, Ernesto Valverde regresó a su hotel muy preocupado hace hoy una semana, tras aquella apresurada presentación con rostros de velatorio. No era para menos. Imaginemos que el Apolo XI, en su histórico alunizaje, se hubiera posado encima de un lodazal. O que la primigenia huella de Neil Armstrong en el satélite quedara grabada sobre una desafiante deposición canina, en el supuesto caso de que existieran colonias de perros allá arriba. Sin duda aquel paso continuaría siendo un gran salto para la humanidad, pero habría nacido con mal fario. Algo así debió sentir el nuevo técnico del Valencia, acribillado casi sin tomar asiento a preguntas tan ásperas como justificadas, en tránsito entre la incomodidad y la preocupación.
Pero rescatando la premisa inicial, si la primera impresión es la que vale este estreno de Valverde en el banquillo eléctrico de Llorente abre una ventana a la esperanza. La tortura mediática no le vino mal al vasco-extremeño (llamémosle así). Al contrario, seguramente le ayudó a agilizar su diagnóstico... en el improbable caso de que albergara dudas sobre dónde estaba el verdadero problema del Valencia.
No nos engañemos. Valverde será todo lo gran técnico que queramos y hasta podemos regalarle ya un buen puñado de epítetos que sin duda merezca, pero la magia todavía no figura en su prospecto. En tres días, como él mismo reconoció, poco ha podido hacer. El evidente cambio experimentado por el Valencia emana del mismo vestuario que decidió correr donde antes andaba, meter esas piernas que hasta ahora se encogían. Que ha reaccionado ante la evidencia de que rodó una cabeza pero debieron ser veintiséis.
El mérito de Valverde, que también lo tiene, ha sido confiar la primera entrega de su proyecto a dos tipos que sienten este club, acostumbrados a hablar en la sala de prensa pero también sobre el verde. Albelda y Soldado marcan el camino. Y no sólo por ser de casa. El debate de la cantera es mucho más que una simple disquisición territorial con tintes de chovinismo. Supone pedir a Gago que esa misma reacción visceral que tuvo al conocer la destitución de su mentor y compatriota la traslade al campo cada vez que falle un pase. Que los de fuera se sientan unos privilegiados por jugar en el Valencia. Que entiendan que para robar el sueño a uno de los canteranos de Paterna hay que ser mejor que él en términos futbolísticos e intentar aproximarse a su grado de implicación, que por fuerza resultará siempre mayor.
El buen comienzo de Valverde inspira un alto el fuego; una tregua por encima de los interés particulares de esos cazadores furtivos que aguardan alentados por el olor de la sangre de la pieza mayor, conscientes de que su futuro pasa por convertir en los próximos meses la vida del Valencia en trepidante secuela de 'Los juegos del hambre'. Este club necesita iniciar una firme escalada en el césped y hacer cumbre en los despachos. Todo eso desde ya. Podemos permitírselo y dejar para más adelante las facturas o tirar de pancarta mientras aguardamos a que el cobrador del frac presida su funeral. Llorente está tocado, pero el nombre del momento es Valverde. Y Albelda. Y Soldado. Y también Bankia. Ya habrá tiempo para lo demás.

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