Si el fútbol fuera materia docente, los críos de los ochenta se habrían enamorado de la afición del Valencia. Sus esquemas infantiles, acartonados hoy por el tiempo, recordarían la fidelidad de aquella marea blanquinegra que rescató al equipo de Segunda, dando pie al socorrido pareado: Mestalla nunca falla. A esos niños ya treintañeros se sumaría la nueva generación borracha de gloria con las gestas que alumbraron el nuevo siglo.
Pero cuando la crisis marchitó la flor del Valencia, desde los cuatro puntos cardinales surgieron voces dispuestas a poner en tela de juicio a la afición que nunca falló. La que ni siquiera se escondió el día en que los ídolos decidieron no celebrar un título. Grada exigente. Caprichosa. Ejército de veletas entregadas al viento resultadista. La bola creció, de tanto oírlo nos lo creímos y así se llegó al triste epitafio de Emery: «A ver si algún día levantáis vosotros algún partido». Los pájaros disparaban definitivamente a las escopetas.
El pantagruélico festín que deparó la visita del Atlético debe sellar el distanciamiento entre el equipo y su gente, los dos miembros de esta ecuación llamada fútbol. Mestalla recuperó la magia por el camino de la lógica. Esa que dicta que toda plantilla recoge lo que siembra. El Valencia jugó un partido trascendente, como tantos otros anteriores, pero al fin lo encaró desde la ambición en vez de la ansiedad. Cuando fluye la honradez, si cada cual hace lo que puede… entonces vuelve el apoyo sin fisuras.
El viejo estadio descubrió a un Valencia solidario, generoso en los apoyos, con muchas de las lagunas de siempre, pero consciente de que si falta el fino trazo del estilista siempre queda la testosterona del gladiador. A veces lo uno lleva a lo otro, y del rudo yunque surge una obra de arte como la de Soldado. Así volvió la chispa a Mestalla, que se desgañitó. Moraleja: Hay rivales que conducen la electricidad mejor que otros. El mérito será demostrar estas virtudes ante los próximos huéspedes, con mucho menos boato que el poderoso Atlético.
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