lunes, 25 de febrero de 2013

Camino entre brumas

José Císcar, vice del Consell y presidente del Valencia (con perdón), tendrá que activar más pronto que tarde la luz antiniebla. Que sí, que ya sabemos todos que la Generalitat no es dueña del club, que ni pincha ni corta en materia tan banal como el deporte. Nos ha quedado claro que este barco a la deriva lo gobiernan los patronos de una fundación independiente, apolítica. Gente de fútbol, vaya. Pero por si acaso meta usted la larga, don José, que demasiadas curvas trae el camino para recorrerlo a tientas.

Entre brumas avanza esa fundación que nadie quiere presidir, porque a ver quién acepta la etiqueta histórica que colgará de la pechera del hombre que venda el Valencia. También ese ejército de ejecutivos metidos a buscadores de oro en un peculiar "reality" con premio para el primero que cace un inversor de solvente apariencia. Y ese entrenador que recela a la hora de atarse a un club con la guillotina caliente. Y el director deportivo que ficha jugadores sin saber si en unos meses serán propios o ajenos. Y al frente de todos, un presidente que en las distancias cortas comienza a dar la impresión de sentirse liberado.

A sus detractores les descoloca la noticia de que Llorente, el denostado liquidador de Mestalla, rechazó 50 millones por Soldado y Rami en el mercado de invierno. A los interventores del club, seguramente también. En un tiempo no muy lejano, el delantero ya estaría pateando la orilla del Támesis y el defensa estrenaría calentadores en la fría Rusia.

Pero Llorente ha alzado la vista. Intuye que no tiene más futuro que el presente. No descarta seguir el año próximo pero tampoco irse mañana. Nadie se ha interesado por su opinión acerca del presidente idóneo para la Fundación, ni por supuesto le han ofrecido el cargo. Confinado entre las cuatro paredes del Valencia CF, no participa en el "casting" de inversores. Siente que la información fluye paralela a él y ni siquiera puede confirmar a su técnico si seguirá el año próximo. De estas cenizas surge un Llorente que luce orgullo desde su rol secundario y no quiere tragar más bilis, consciente de su responsabilidad pero también de que el sudario de la impopularidad corresponde ahora a otros. Que vendan ellos.

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