Lleva el fútbol en su ADN. Fernando ha hecho pinitos en política y ahora quiere afrontar un máster de economía al frente del Valencia, pero por encima de todo será siempre un exjugador. Alguien consciente de que el olor del césped muta la realidad, introduce códigos reñidos con la lógica en otros ámbitos de la vida.
El Valencia es una sociedad anónima y la negociación para comprar cualquier empresa privada jamás arranca en una sala de prensa. El camino hacia el puente de mando pasa por confirmar la voluntad vendedora del propietario, pactar un precio y sólo entonces buscar micrófonos para airear proyectos.
Pero el Valencia, esencialmente un club de fútbol, se rige por otro libro de estilo. Ahí, como en el campo, Fernando ejerce de catedrático. Quiere presidir la entidad, porque le apetece el reto y desacreditar de paso al hombre que le amargó la vida. Y sin dinero con el que comprar las acciones de la Fundación, necesita que las instituciones le abran la puerta como hicieron a Llorente.
Si en el campo jamás le traicionó su visión de juego, en los despachos se le rompieron los esquemas tras el fracaso de la operación Newcoval. La Generalitat conocía el proyecto de Fernando y aun así mantuvo en el cargo al gestor pese a la ruptura del pacto con Bankia. En ese contexto de profundo desencanto resulta más comprensible la irrupción de Fernando. El exfutbolista.
Si las instituciones no quieren escucharlo a él, está por ver qué harán cuando el grito emane de la grada. El calendario deportivo es un polvorín. Tres partidos contra el Real Madrid, tal vez otros tantos frente al Barcelona... y al fondo el PSG. Los valencianistas que reniegan del presidente saben desde ayer quién calienta por la banda. Plebiscito diario en Mestalla. Fernando no desveló sus apoyos, cierto, pero tampoco vendió fichajes o acuerdos firmados sobre papel mojado. Dijo lo que siente. Que hoy no tiene nada pero se ve capaz de conseguirlo mañana. Y gratis. Si Llorente fue Maquiavelo en 2010, la víctima regresa bajo el ropaje de Edmundo Dantés.
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